Inanna

Reina del Cielo y de la Tierra

Literatura

Probablemente la contribución más importante de los sumerios a la civilización fue el invento y el desarrollo del sistema de escritura cuneiforme (con forma de cuña), que fue en un principio tomado en préstamo por los acadios y luego por la mayoría, o probablemente por todos los pueblos circundantes. La escritura comenzó como una serie de signos pictográficos, inventados por los sacerdotes de los templos y por los administradores, con el propósito de llevar cuenta de los recursos del templo y de las actividades económicas. En el transcurso de los siglos, los escribas y maestros sumerios modificaron, moldearon y convencionalizaron de tal manera la escritura, que perdió su carácter pictográfico, volviéndose un sistema de escritura puramente fonético en el cual cada signo representaba una o más sílabas.

Tabletas de arcilla, inscritas en escritura cuneiforme por medio de un punzón de caña han sido extraídas por decenas de millares de las antiguas ciudades enterradas de Sumeria, y ahora se localizan en los museos alrededor del mundo. La gran mayoría son documentos legales, administrativos y económicos. Pero unas cinco, seis mil tabletas y fragmentos están inscritas con obras literarias sumerias en boga al principio del segundo milenio a.n.e. Estas revelan las creencias religiosas, los ideales éticos y las aspiraciones espirituales de los sumerios, y hasta cierto grado del mundo antiguo en su conjunto.

Muchas de las tabletas y fragmentos literarios de los sumerios fueron excavados a final del siglo pasado; pero la mayoría permaneció inédita e inasequible para el mundo académico, y era por ello imposible evaluar la naturaleza y el alcance de su contenido. En el curso de los cincuenta años recientes, virtualmente todas las piezas literarias sumerias existentes han sido publicadas o están en proceso de serlo, y un gran número de cuneiformistas, jóvenes y viejos, han dedicado mucho tiempo y trabajo a su traducción e interpretación. Como resultado, es ahora evidente que la literatura sumeria comprende unos veinte mitos, nueve relatos épicos, más de doscientos himnos de diversos tipos y géneros, un considerable número de lamentos y endechas, algunos documentos legendarios historiográficos, y un gran y diversificado grupo de textos de “sabiduría”, que incluye ensayos, discusiones, proverbios, preceptos y fábulas.

Esta vasta literatura, consistente en más de treinta mil líneas de texto, la mayor parte en forma poética, constituye la literatura escrita más antigua en cantidad y variedad significativa hasta ahora descubierta, y su recuperación y restauración representan una de las mayores contribuciones de nuestro siglo a las humanidades. El material no es sólo de inmenso valor en sí mismo, como producto creativo de la imaginación sumeria, sino que
ha demostrado ser un tesoro riquísimo de fuentes primarias para el historiador de la literatura y la religión, para el estudioso de la Biblia y de los clásicos, para el antropólogo y el sociólogo. Además, existen esperanzas razonables para que este tesoro antiguo sea engrandecido y enriquecido en días futuros. Las composiciones literarias descubiertas hasta la fecha son sólo una fracción de las que existieron en Sumeria. Muchos textos aún yacen enterrados en los tells del sur de Irak, esperando la pala afortunada del futuro excavador.

Sumeria, su orto y ocaso, proveen al historiador con el ejemplo más antiguo de la punzante ironía inherente al destino del hombre. Como los documentos literarios sumerios hacen ampliamente manifiesto, fue el impulso competitivo por la superioridad y preeminencia, por la victoria, el prestigio y la gloria, los que proporcionaron la motivación psicológica que disparó los avances culturales y materiales por los cuales los sumerios son justificadamente conocidos: irrigación a gran escala, invención tecnológica, arquitectura monumental, escritura, educación y literatura. Es triste decirlo, pero la misma pasión por la competencia y el éxito llevan consigo la semilla de la destrucción y la decadencia.

Con el transcurso de los siglos, Sumeria se convirtió en una “sociedad enferma” con defectos deplorables y contradicciones penosas: deseaba la paz y estaba constantemente en guerra; profesaba ideales tales como justicia, igualdad y compasión, pero abundaba en injusticia, desigualdad y opresión; materialista y miope, desbalanceó la ecología esencial a su economía; sufrió un abismo generacional entre padres e hijos, y entre maestros y alumnos. Y así Sumeria llegó a un fin trágico y cruel, como lo lamenta amargamente un melancólico bardo sumerio: Ley y orden cesaron de existir; ciudades, casas, pesebres y corrales fueron destruidos; ríos y canales fluían con aguas amargas; campos y llanuras lograban sólo hierbas y “plantas plañideras”. La madre no cuidaba de sus hijos, ni el padre de su esposa, y las nanas no cantaban arrullos junto a la cuna. Nadie pisaba calzadas ni caminos; las ciudades eran saqueadas y su gente asesinada por el mazo o moría de hambruna. Finalmente, cayó sobre la tierra una calamidad “indescriptible y desconocida para el hombre”.