Inanna

Reina del Cielo y de la Tierra

Cultura

La sociedad sumeria era de carácter esencialmente urbano, a pesar de estar sustentada sobre una base agrícola más bien que sobre una base industrial. En el tercer milenio a.n.e., Sumeria consistía en una docena de ciudades – estado. Cada una de ellas contenía una ciudad grande, generalmente amurallada, rodeada de pueblos y villorrios. De acuerdo con sus creencias religiosas, la ciudad pertenecía a su deidad gobernante, de modo que el rasgo sobresaliente de cada ciudad era el templo mayor. Este edificio, el más alto y el más grande, estaba situado sobre una terraza elevada, que se desarrolló gradualmente hasta llegar a ser una dramática torre masiva, o zigurat, la más memorable contribución de Sumeria a la arquitectura religiosa. El templo consistía en una capilla central rectangular, o cella, rodeada en sus lados largos por cierto número de cámaras utilizadas por los sacerdotes y sacerdotisas. En el cella había un nicho para la estatua de la deidad, con un altar o mesa de ofrendas construida de ladrillo antepuesta a ella.

El templo estaba construido con unos nada atractivos ladrillos de barro, así que los arquitectos sumerios daban vida a las paredes agregando contrafuertes y depresiones regularmente colocadas. También introdujeron la columna y el pilar de ladrillos de barro, decorados con motivos en zigzag, formas romboidales y triángulos insertando miles de conos de arcilla coloreada en la argamasa de barro. En ocasiones las paredes interiores de la capilla eran pintadas con frescos de figuras humanas y animales, así como un variado surtido de motivos geométricos.

A pesar de que en teoría toda la ciudad pertenecía al dios principal, en la práctica la corporación del templo poseía solamente una parte de la tierra, que se alquilaba a los agricultores arrendatarios. El resto de la tierra era propiedad privada de ciudadanos particulares: agricultores y ganaderos, barqueros y pescadores, comerciantes y escribas, doctores y arquitectos, albañiles y carpinteros, herreros, joyeros y alfareros. En la cumbre de la jerarquía social estaban los nobles: los cortesanos de palacio y los administradores del templo, cuyas familias poseían grandes fincas atendidas por clientes y esclavos. Pero aun algunos de los ciudadanos más pobres se las arreglaban para poseer granjas y huertos, casas y ganado. La riqueza y la pobreza, el éxito y el fracaso, eran hasta cierto grado, el resultado de la empresa privada y del impulso individual. Los agricultores, artesanos y artífices más capaces e industriosos vendían sus productos en el mercado de la ciudad, y recibían pago ya sea en especie o en “moneda”, que consistía por lo general en un disco o anillo de plata de un peso estándar. Los mercaderes viajantes llevaban un próspero comercio de ciudad en ciudad y con los países circunvecinos, tanto por tierra como por mar, y muchos de estos comerciantes eran individuos privados, en vez de representantes de palacio o del templo.

La vida económica y social de Sumeria se caracterizaba por los conceptos de ley y justicia que lo penetraban todo. Urukagina, mandatario de Lagash, introdujo reformas económicas y legales en la temprana fecha del siglo XXI a.n.e. Se promulgaron códices de leyes en el siglo XXI y uno de ellos, el código de Ur – Nammu, ha sido parcialmente recuperado. Documentos legales sumerios han sido excavados en grandes cantidades: contratos, escrituras, testamentos, pagarés, recibos y verdaderas decisiones de las cortes que han llegado a ser precedentes legales. En teoría, el rey era el responsable de la administración de la ley y la justicia; en la práctica, el gobernador de la ciudad o su representante, el mashkim, cuidaba de los detalles administrativos y legales. Los casos de la corte eran escuchados por regla general por tribunales de tres a cuatro jueces. Los litigios los podían iniciar tanto grupos privados como el gobierno. La evidencia se tomaba en forma de declaraciones de los testigos y expertos, o era obtenida de documentos escritos. La toma de juramentos tenía un papel importante en los procedimientos de la corte.

La esclavitud era una institución reconocida de la sociedad sumeria. Los templos, palacios y fincas adineradas poseían esclavos y los explotaban para su propio beneficio. Muchos esclavos eran prisioneros de guerra; éstos no eran necesariamente extranjeros, podían ser sumerios de una derrotada ciudad vecina. Los esclavos también podían reclutarse de otras maneras: los hombres libres podían ser reducidos a la esclavitud como castigo a ciertas ofensas; los padres podían vender a sus hijos en tiempos de necesidad; o un hombre podía entregar a toda su familia a los acreedores como pago de una deuda, pero por no más de tres años.

El esclavo era propiedad de su amo. Podía ser marcado y flagelado, y era severamente castigado si trataba de huir. A pesar de ello, tenía ciertos derechos legales: podía dedicarse a los negocios, pedir dinero prestado y comprar su libertad. Si un esclavo, hombre o mujer, contraía matrimonio con una persona libre, sus hijos era libres. El precio de venta de un esclavo variaba con el mercado y con la calidad del individuo a la venta. El precio promedio de un hombre adulto era de diez shekels, que en ocasiones era menor que el precio de un burro.

La unidad básica de la sociedad sumeria era la familia. El matrimonio se arreglaba entre los padres. Los esponsales eran reconocidos en cuanto el novio traía un obsequio al padre de la novia, aunque a menudo se comprometían por medio de un contrato inscrito en una tableta. Mientras el matrimonio se reducía de esta manera a un arreglo práctico, los amoríos subrepticios extramaritales no eran de ningún modo desconocidos. Las mujeres en Sumeria tenían ciertos derechos legales de importancia: podían tener propiedades, ocuparse en negocios y calificar como testigos. Pero el marido podía divorciarse de ella sobre bases relativamente ligeras; y si no le había dado hijos, podía tomar una segunda esposa. Los hijos estaban bajo la absoluta autoridad de sus padres, los cuales podían desheredarlos y aun venderlos como esclavos. Pero generalmente los niños eran amados y apreciados y a la muerte de los padres heredaban todas sus propiedades. Era común ver hijos adoptados, y éstos también eran tratados con cariño y consideración – eran una especie de seguro para la vejez.

Es difícil estimar con un grado de exactitud razonable el tamaño de la población de las ciudades. El número probablemente variaba entre 10,000 y 50,000 personas. Sabemos que a excepción de algunos amplios bulevares y plazas públicas, las calles eran estrechas, sinuosas, bastante irregulares, con altos muros sin adorno de cada lado. No estaban pavimentadas y no tenían drenaje, y todo el tráfico era a pie o en burro. La casa ordinaria era una estructura pequeña de una planta hecha de ladrillos de barro, que consistía en varios cuartos agrupados alrededor de un patio abierto. Los sumerios adinerados, por otra parte, probablemente vivían en una casa de dos pisos de una docena de cuartos más o menos, construida de ladrillo horneado, revocada y enlucida tanto adentro como afuera. La planta baja consistía en una sala de recepción, cocina, lavatorios, cuartos de los sirvientes y a veces hasta una pequeña capilla. Como muebles tenían mesas bajas, sillas de alto respaldo y camas con marco de madera. Las vasijas de la casa estaban hechas de barro, piedra, cobre y bronce; Las canastas y los arcones eran de juncos o de madera. Los pisos y las paredes se adornaban con esteras de juncos, tapetes de pieles de animales y colgantes de lana.

El mausoleo familiar se localizaba frecuentemente debajo de la casa, aunque en tiempos remotos había cementerios especiales para los muertos en las afueras de la ciudad. Los sumerios creían que las almas de los muertos iban al inframundo, y que la vida continuaba allí de alguna manera como en la tierra; por ello los enterraban con su ollas, herramientas, armas y joyas. Algunos de los reyes más antiguos se hicieron enterrar hasta con sus cortesanos, sirvientes y ayudantes, así como con sus carrozas y los onagros aún uncidos a ellas. En gran medida, es de los descubrimientos hechos en las tumbas de los ricos que los arqueólogos modernos han aprendido tanto acerca de la cultura material de los antiguos sumerios.

En el campo del arte, los sumerios se distinguieron por su escultura, que en tiempos remotos (aproximadamente 2600 a.n.e.) era abstracta e impresionista. Las estatuas de los templos de esos tiempos muestran profunda intensidad emocional y espiritual, pero poca pericia en el modelado. Los escultores posteriores eran técnicamente superiores, pero sus imágenes carecían de la inspiración y el vigor originales. Los artesanos sumerios también manifestaron considerable destreza al tallar figuras sobre estelas y placas, vasos y cuencos.

Es de la escultura y de las tallas sumerias que aprendemos mucho acerca de la apariencia física de los sumerios y de su forma de vestir. Los hombres estaban o completamente rasurados o tenían pesadas barbas y cabello largo partido por el centro. Vestían una especie de falda con volantes cubierta en ocasiones por una larga capa de fieltro. Al paso de los años, el “chiton” o camisa larga tomó el lugar de la falda de volantes; cubriendo esta camisa iba un chal guarecido con orlas, que se llevaba sobre el hombro izquierdo, dejando libre el brazo derecho. Las mujeres usaban vestidos largos que parecían chales con borlas que las cubrían de cabeza a pies, dejando descubierto sólo el hombro derecho. Su cabello iba generalmente partido por el centro y peinado en una pesada trenza, que se enrollaba alrededor de la cabeza. En ocasiones importantes se usaban tocados elaborados, que consistían en lazos, cuentas y pendientes.

Una de las contribuciones más originales de los sumerios al arte fue el sello cilíndrico, una pequeña piedra de forma cilíndrica grabada con un dibujo que se volvía claro y significativo al rodarlo sobre una tableta de arcilla o sobre la arcilla que sellaba un envase. Los sellos cilíndricos más antiguos son gemas talladas cuidadosamente con grabados de escenas tales como el rey en el campo de batalla, filas de animales o criaturas híbridas y monstruos. Muchos de los sellos posteriores describían escenas mitológicas muy imaginativas, a pesar de que a menudo es difícil penetrar en su significado. Finalmente, un diseño particular llegó a ser predominante: la escena de la “presentación”, en la cual un adorador es presentado a una deidad o a un rey deificado. El sello cilíndrico se convirtió en la marca reconocida de Sumeria que llegó hasta Anatolia, Egipto, Chipre y Grecia.

La música, tanto instrumental como vocal, jugó un papel importante en la vida sumeria, y algunos de los músicos devinieron en figuras importantes en el templo y la corte. De las tumbas reales de Ur han sido excavadas arpas y liras bellamente construidas. Instrumentos de percusión como el tambor y el pandero eran muy comunes, así como los caramillos tanto de juncos como de metal. La poesía y la canción florecieron en las escuelas sumerias. A pesar de que virtualmente todos los textos recuperados son himnos a dioses y reyes, existe poca duda de que la música, la canción y la danza hayan sido una fuente importante de entretenimiento tanto en el hogar como en el mercado.

La fe y la práctica religiosa de los sumerios se basaban en una cosmología y una teología desarrolladas por sus pensadores y sabios al principio del tercer milenio a.n.e y llegó a ser el credo y dogma básico de todo el Cercano Oriente. Los sumerios creían que el mar y el agua rodeaban al universo por todos lados; por ello concluyeron que un mar primigenio había existido desde el principio de los tiempos, y era una especie de “causa primera” o “ móvil primordial”. En este mar primigenio el universo fue engendrado, y consistía de un cielo abovedado superpuesto a una tierra plana y unido con ella. En medio, separando la tierra del cielo, estaba la atmósfera expansiva en movimiento. De esta atmósfera etérea se formaron los cuerpos luminosos: la luna, el sol, los planetas y las estrellas. Después de la separación del cielo y de la tierra y la creación de los cuerpos astrales, la vida animal y humana entró en existencia.

Este universo, así lo creían los sumerios, estaba bajo la vigilante custodia de un panteón, que consistía en un gran grupo de seres vivos. De forma humana pero sobrehumanos en naturaleza y poderes, aunque invisibles a los ojos mortales, guiaban y controlaban al cosmos de acuerdo con planes bien establecidos y leyes debidamente prescritas. Había dioses a cargo del cielo, la tierra, el aire, el agua; del sol, la luna, los planetas; del viento, la tormenta y la tempestad; de los ríos, las montañas y las llanuras; de las ciudades y estados; de campos y granjas; del zapapico, del molde de ladrillos y del arado.

Las deidades principales de este panteón eran los cuatro dioses creadores que controlaban los cuatro componentes principales del universo: El Dios del Cielo An; la Diosa de la Tierra Ki, cuyo nombre fue cambiado en el transcurso del tiempo a Ninhurshag, Reina de la Montaña; el Dios del Aire Enlil, que gradualmente se convirtió en el líder del panteón; el Dios del Agua Enki, quien también llegó a ser designado el Dios de la Sabiduría. Entre otras deidades de mayor importancia estaban el Nanna, Dios de la Luna; su hijo Utu, el Dios del Sol; y su hija Inanna, la Diosa de la Mañana y de la Estrella del Atardecer, conocida por los semitas como Ishtar. Había también un grupo de deidades celestes conocidas como Anunna, algunos de los cuales parecen haber caído de la gracia y fueron llevados al inframundo.

El poder de la creación de las cuatro deidades principales, de acuerdo con los teólogos sumerios, consistía principalmente en el verbo divino. El creador sólo tenía que hacer sus planes, articular la palabra y pronunciar el nombre. Más aún, para mantener a las entidades cósmicas y a los fenómenos culturales operando continua y armoniosamente sin conflicto ni confusión, idearon los me, esa colección de reglas y límites universales e inmutables que dioses y hombres a la par debían observar.

Respecto al hombre, los sumerios tendían a tomar un punto de vista trágico acerca de su destino y su suerte. Estaban convencidos de que el hombre había sido formado de arcilla y creado con un solo propósito: servir a los dioses, proporcionándoles comida, bebida y refugio para que ellos pudieran tener holganza para sus actividades divinas. La vida, de acuerdo con los sabios, estaba acosada por la incertidumbre de manera permanente. Nadie podía conocer el destino decretado para sí por los impredecibles dioses. Cuando una persona moría, su espíritu descendía al sombrío y lóbrego inframundo, donde la “vida” era apenas un reflejo melancólico de la existencia terrenal.

De acuerdo con sus propios registros, los sumerios apreciaban la bondad y la verdad, la ley y el orden, la libertad y la justicia, la misericordia y la compasión; y aborrecían sus opuestos. Los dioses, también, preferían lo ético y lo moral a lo antiético e inmoral. Desafortunadamente, en su estilo inescrutable, habían creado el pecado, el mal, el sufrimiento y la desgracia, y había muy poco que hacer al respecto. El proceder apropiado de un Job sumerio era no quejarse ni discutir, sino suplicar, lamentarse y gemir, confesando llorosamente sus pecados y flaquezas. Y como los grandes dioses estaban lejos en el distante firmamento y podrían tener asuntos más importantes que atender, los teólogos sumerios desarrollaron la idea que cada individuo, o por lo menos cada cabeza de familia, tenía un dios personal especial, una especie de ángel bueno, que escucharía su plegaria y a través de quien él encontraría su salvación.

Si la devoción privada y la piedad personal eran importantes, los ritos y rituales públicos llevaban el papel dominante en la religión sumeria. El centro del culto era naturalmente el templo, con sus sacerdotes y sacerdotisas, sus músicos y cantantes, sus castrados y hieródulos. Se ofrecían sacrificios diarios a los dioses: alimentos vegetales y animales, libaciones de agua, cerveza y vino. Adicionalmente, estaban la Fiesta de la Luna Nueva y otras celebraciones mensuales menos conocidas. De gran importancia era la prolongada celebración del Año Nuevo, que culminaba con el rito del matrimonio sagrado: la ceremonia nupcial entre el monarca reinante e Inanna, la Diosa del Amor y la Procreación, que se creía que aseguraba la fertilidad de los suelos y la fecundidad de los úteros.

Esta ceremonia de matrimonio real y sagrada era sólo una de un gran número de prácticas de culto más místicas, que giraban alrededor de la idea de un “dios moribundo” y su resurrección, lo que servía para explicar, por lo menos hasta cierto punto, dos inconsistencias teológicas muy perturbadoras. La primera consistía en el hecho amargo e incontrovertible de que toda la vida vegetal y animal languidecía hasta el punto de la muerte en los calurosos abrasadores meses del verano. Esto llevó a los teólogos a la conclusión de que el dios a cargo había “muerto”, que había sido llevado al inframundo, donde se quedaba durante los meses del tórrido verano, y que no regresaba a la tierra sino hasta el equinoccio de otoño, el tiempo del Año Nuevo sumerio, cuando la reunión sexual con su mujer hacía que los campos y las granjas, las llanuras y las praderas, florecieran y prosperaran otra vez. La segunda inconsistencia giraba alrededor de la muerte del rey que había sido deificado y era por lo tanto, inmortal. Esto se resolvió al identificar al rey con el Dios de la Vegetación, cuya muerte anual, su resurrección y la reunión con su esposa eran doctrina aceptada. Cada año nuevo, por lo tanto, los sumerios celebraban con pompa y ceremonia, con música y canto, el sagrado matrimonio entre el rey como el dios resucitado y la diosa que era su esposa.

El origen y la evolución de esta interesante fusión de mito y ritual, de culto y credo, es oscuro. Había un buen número de “dioses moribundos” en la Sumeria antigua; pero el más conocido es Dumuzi, el Tammuz bíblico, por quien las mujeres de Jerusalén aún se lamentaban en tiempos del profeta Ezequiel. Originalmente, el dios Dumuzi fue un gobernante sumerio mortal, cuya vida y muerte dejaron una profunda impresión sobre los pensadores y mitógrafos sumerios. Su esposa era la Diosa del Amor, Inanna, agresiva y ambiciosa, quien de acuerdo con los mitógrafos y teólogos sumerios hizo que su insensible e ingrato marido fuera llevado al inframundo, pero se arrepintió después y decidió que él podía resucitar y regresar a la tierra cada medio año. Era este matrimonio anual del rey como el Dumuzi resurrecto, a la Diosa Inanna, el que era conmemorado y celebrado cada año nuevo en el ritual del hieros gamos.